Capitulo 2-EL IMPERIO DE LA DROGA DE JACINTO NÚÑEZ
Punta Fría era uno de los barrios que pertenecía a Torrevieja. En él vivían personas jubiladas
con casas lujosas. En verano se convertía en una zona turística gracias a los bares que había en
el paseo marítimo. Ese era un buen tiempo en general para que los turistas viniesen y dejaran
un buen capital en los restaurantes de la zona. También era un sitio de divertimento para los
niños debido a su larga y hermosa playa. Durante el invierno solo había algunas personas
mayores que vivían allí todo el año. Todo iba bien hasta hace poco, cuando una serie de
vendavales hicieron que la marea subiese y dejase una playa pequeña y asquerosa llena de
algas que se amontonaban en la orilla. El ayuntamiento de Torrevieja no podía limpiar toda la
zona por problemas económicos. Eso hizo que el turismo bajase en Punta Fría y que algunos
barrios se quedasen completamente deshabitados. Esos hechos hicieron que el vandalismo y la
mendicidad se instalasen en algunas áreas. Algunas casas que estaban deshabitadas se usaban
para trapicheos.
Como consecuencia, Jacinto Núñez, un contable que durante una época ganaba mucho dinero
en una de las empresas que entraron en quiebra, fue despedido. Jacinto era un derrochador
que había tenido que vender algunos bienes de los cuales se había encariñado mucho. Aunque
tras ser despedido de la empresa quebrada fue contratado por otra, era un visionario con
delirios de grandeza. El poco sueldo que le pagaban en la nueva compañía hizo que se llenara
de deudas. Estuvo durante tiempo intentando cubrir esas deudas hasta que un día tuvo una
idea. Cuando fue desahuciado de su casa en Murcia vio que en Punta Fría había casas grandes,
tiradas de precio; el vendaval había hecho que muchos ciudadanos las abandonasen como
hogares veraniegos. Sabía que era un lugar de trapicheos y malas influencias desde el
holocausto, por esa razón compró una casa allí y decidió usarla como negocio. Pero ¿qué clase
de negocio?, se preguntó.
***
Era una noche calurosa. Jacinto paseaba por el paseo marítimo poco iluminado cuando a lo
lejos vio a dos tipos de treinta y tantos con bastante mal aspecto: uno era un chino de melena
larga con barba negra de hacía semanas, fornido como un toro y ojos oscuros y pequeños. Su
compañero parecía mejicano, pelo rizado moreno, barba corta y menos fornido que su colega.
Jacinto era algo cheposo, tenía poco pelo, moreno, ojos pequeños negros, más bajo de
estatura que los otros y también estaba fornido.
Al cruzarse, los tipos sacaron una navaja cada uno y le amenazaron. Jacinto Núñez se frotó los
ojos pequeños y comenzó a proponer algo que tenía en mente, sacando un fajo de billetes.
- ¡Eh chulos!, os propongo un trato, que tal si vosotros...
El chino, gritando se puso en posición de ataque. Jacinto intuyó lo que iba hacer y le pegó una
patada en la espinilla, haciendo que soltase el arma blanca. Su colega repitió acción, pero
Jacinto le bloqueó el navajazo, cogiéndole del cabello rizado y dándole varios golpes en la
nariz. El mejicano cayó al suelo con la nariz rota. Jacinto se acarició la cara afeitada cogiendo
ambas navajas y continuó con la propuesta que había comenzado segundos antes.
- ¡Eh chulos!, el trato es el siguiente-dijo Jacinto no viendo a nadie más en el paseo marítimo-
¿Y si nos asociamos para un negocio?
El mejicano se levantó el primero y se limpió la nariz sacando un pañuelo. El chino pegó un
brinco y miró adonde Jacinto tenía las navajas. El oriental hizo un gesto con una mano de que
le devolviese su arma. Jacinto ignoró dicha seña y continuó.
-Veréis, tengo que pagar algunas deudas y necesito dinero rápido. Por esa razón quiero que
me digáis con qué trafica aquí la gente.
- ¿Y por qué te lo íbamos a decir? -preguntó Al, el chino, acariciando su barba larga.
-Porque sois delincuentes y sé, qué la policía no viene mucho por estos barrios.
- ¿Quieres entrar en el negocio? -preguntó Tomás, tirando el pañuelo al suelo.
-No está bien tirar las cosas al suelo-se jactó Jacinto- ¿Qué clase de negocios hay por aquí?
-Hachís, marihuana... no sé, de todo un poco.
- ¿Cocaína? -preguntó Jacinto acariciándose el mentón con una de las armas blancas.
-No, pero conozco a alguien que conoce a alguien que puede conseguírtelo. Eso sí, tendrías
que darnos un porcentaje por eso- comentó Al.
-No os preocupéis.
- ¿Qué quieres montar, tío? -preguntó Tomás sonriéndole.
-Un centro de distribución donde se guarde la droga y luego alguien la recoja, no sé si me
explico. Un lugar donde alguien deposita una cantidad de droga y otros grupos la recogen.
Nosotros nos llevaríamos solo una parte del pastel.
- ¿Nosotros? -Preguntó uno de los asaltantes.
-Sí, vosotros y yo ¿qué os parece?
Al y Tomás se rieron un buen rato, pensando que Jacinto estaba loco al proponerles algo así.
Por esa razón siguieron preguntándole.
- ¿Y tienes el lugar para hacer dicha tarea? -preguntó uno de los carteristas.
-Sí, he comprado una casa cerca de aquí.
Tomás se jactó de nuevo y le preguntó otra vez.
- ¿Y cuántos más sois?
-De momento nosotros tres ¿conocéis a alguien más?
-Conocemos a algunos que venden piezas de coche robadas. -Que se apunten, cuantos más
seamos mejor.
- ¿Tienes dinero para todo eso? - preguntó Al.
-Sí. Lo que me falta son contactos-respondió Jacinto
-Dame la navaja-pidió de nuevo el chino.
Jacinto dudó unos segundos antes de dársela. Cuando el atacante chino tuvo el objeto entre
sus manos, puso la navaja en la garganta a Jacinto. Los ojos negros de Jacinto se cruzaron con
los de Al y tuvo miedo por un momento al sentirse indefenso. Las gruesas manos de Tomás
inmovilizaron del todo a Jacinto aferrándole del pelo. Ambos ladrones amenazaron.
-Te conseguiremos contactos y te presentaremos a nuestra banda. Pero si nos fastidias... iras
al hoyo.
El chino enarcó sus cejas varias veces y subió un poco la navaja hacía la comisura de los labios.
Jacinto comprendió el mensaje que le estaban lanzando sus atacantes pero se relajó. El chino
le soltó quedando los tres enfrentados. Estrecharon sus manos aceptando de esta forma la
propuesta de Jacinto.
-Me llamo Al-exclamó el oriental. Miró al mejicano y dijo-este es Tomás.
-Yo Jacinto, no os arrepentiréis de mi negocio. Ya veréis-contestó jactándose.
Los tres hombres pasearon por el paseo marítimo poco iluminado. Los ladrones acompañaron
a Jacinto Núñez a una casa cercana al paseo marítimo. La morada era grande y bonita por
fuera. Tenía un patio con césped artificial y un porche blanco que muy pocas veces usaban. Al
abrió la puerta del porche e invitó a Jacinto a entrar. Juntos recorrieron el pasillo de piedra
hasta la entrada principal. Tomás hizo una mueca y ordenó a Jacinto que entrase al interior.
Jacinto pensó que el césped artificial quedaba bien para el entorno. Al entrar vio que el largo
corredor estaba oscuro.
-¿Y la luz?-preguntó Jacinto.
Al le miró con cara sería. Tomás encendió y apagó un interruptor que había en el interior varias
veces. Era la contraseña cuando un socio entraba con visitas por la puerta de la casa. Del piso
de abajo subieron cinco personas más, una de ellas, era el hermano de Al. La banda conoció así
al que les iba a plantear el novedoso negocio. Jacinto, les presentó el proyecto que tenía en
mente y todos aceptaron el precio que él propuso.
Jacinto miró sorprendido el pequeño arsenal que el grupo tenía en el sótano: metralletas,
pistolas y algún arma blanca.
Jacinto miró a Tomás, el mejicano de la nariz rota y les preguntó.
-¿Y las partes de los coches?
Todos los demás se rieron durante un rato y al final uno de ellos le contestó jactándose.
-Vendidas. Las hemos vendido ¿quieres saber lo que vamos a robar ahora?-dijo uno de la
banda, acariciando su redonda cara negra.
-¿Y el dinero?
-Asegurado-contestó el hombre de color con una carcajada.
El grupo tardó un tiempo en confiar en Jacinto. Este les enseñó su casa comprada en Punta
Fría. En una de las operaciones de trasladar el botín acumulado por la banda de un
establecimiento a otro, fueron pillados por un Guardia Civil. Uno de ellos, le sobornó. El agente
que se presentó como Luis, se unió al negocio ilegal al ver tanto dinero. El chino y el mejicano
hicieron negocios con unos cuantos contrabandistas de la zona que vendían drogas blandas.
Estos dejaron algunos paquetes en la casa Jacinto para esconderlo de la autoridad durante un
tiempo. Como la operación salió bien, los traficantes dieron información a Tomas, a Al y a
Jacinto sobre cómo podían ganar más dinero y el nombre de algunos socios de la costa.
El negocio fue en auge dado que el Guardia Civil informaba a los traficantes donde estaban sus
compañeros y como podían evitarlos. Al final el negocio de Jacinto fue creciendo y la casa de
contrabando, se convirtió en una de las más famosas para la entrega y recogida de mercancías
ilegales dentro del mundo del crimen local.
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